A DÓNDE VAN LOS DRAGONES

fragmento

Capítulo uno

Cuando tenía siete años me encontré con un dragón. Fue un instante nada más, pero puedo recordarlo con detalle, como si los segundos se hubiesen estirado en mi memoria para que se puedan apreciar todas las texturas, todos los matices. Él estaba allí, imponente, diez veces más alto que yo o más, jadeando y expulsando chispas entre sus dientes con cada exhalación. Estaba cansado, debía llevar mucha distancia a sus espaldas. Las membranas de sus alas flameaban contra el viento, que en lo alto de la montaña soplaba inclemente, sin nada que lo detuviese, pero sus músculos eran fuertes bajo sus escamas. Al aterrizar había clavado las garras en el suelo, haciendo mella en la roca. Sus cuernos eran enormes, ¡cuernos!, ahí estaban, tan evidentes, y yo me sentí avergonzado porque siempre los olvidaba cuando dibujaba dragones. Él me examinaba. Sus ojos, dos ranuras naranjas, parecían hostiles.

Me asustó. Di un paso hacia atrás, resbalé. Mi cuerpo tiró de mí hacia abajo, sin encontrar el suelo. Sentí que me precipitaba al vacío.

La montaña tenía una ladera suave, cubierta por un bosque en el que mis amigos y yo campábamos a nuestras anchas. Al otro lado caía abruptamente unos quinientos metros hasta una zona de roca que las olas lamían cuando la marea estaba alta. Hacia ellas bajaba yo, cada vez más deprisa. Me bastó un segundo para saber que mis posibilidades de supervivencia eran mínimas. No por la altura, aunque en aquel momento parecía mucha, sino porque las rocas afiladas absorberían la totalidad de mi aterrizaje. Abrí los brazos por acto reflejo, mi ropa se hinchó como las alas de un murciélago.

No he encontrado la pelota, pensé. No he encontrado la pelota de Xorx.

El dragón se abalanzó sobre mí, su sombra tapó la luz del sol. Adelantó sus garras. Sentí cómo me rodeaban, aplastándome, mis costillas crujieron. Mi cuerpo se dobló en el aire, los brazos fueron a encontrarse con las piernas mientras el abdomen tiraba hacia arriba. Las alas del dragón se agitaban, ascendiendo conmigo. No podía respirar.

Me soltó otra vez sobre la montaña. Mi rostro rebotó contra el suelo, ni siquiera pude frenar el impacto con las manos. La sangre corría por mi mejilla. Abrí los ojos: el dragón me observaba de cerca, su morro a pocos centímetros de mí. Entreabrió las fauces y sentí el calor de su aliento, un halo dorado nos rodeaba.

Escuché el tintineo de su espíritu, un sonido asombrosamente delicado para una criatura tan grande. Clinclinclin, como el repiqueteo de una cucharilla de metal sobre una copa. Como si quisiera decirme algo, hacer callar al viento para que todo el bosque y el mar pudieran escucharle. Pero no dijo nada. En lugar de eso, sacó la lengua y la pasó por mi cara. Me estremecí.

Estaba lamiendo mi sangre.

No me atreví a moverme hasta que terminó. Entonces, alzó el vuelo de nuevo. El aire me aplastó contra la montaña. Se iba y me dejaba allí. Un dragón solitario, con una silla en el lomo, una silla vacía, abandonada. Pensé en su jinete por primera vez. No había rastro de él.

Regresé al pueblo sin la pelota de Xorx, que ni se creyó la historia del dragón ni me perdonó por haber perdido el juguete.

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